Actor desconocido.
¿Qué ocurre si a un actor se le olvida que está actuando? Su identificación con el personaje se hace total. Se cree ser el personaje. ¿Y si resulta que somos actores que se han creído que son el personaje? ¡Qué gran libertad sería poder escoger qué personaje queremos representar! Y cuánta mayor libertad aún si mantenemos la conciencia de que solo estamos actuando. Podemos ir cambiando aquellos aspectos de nuestro personaje que ya no nos satisfacen. Vale, pero no es tan fácil... ¿Qué distingue a un buen actor de uno malo? Quizás lo creíble que resulta su papel, ¿no? Y, para ello, el actor debe creer en su personaje, ser su personaje. Si no lo hace así, queda falso y resulta en una mala actuación. Curiosamente, creerse el personaje lo hace realista; pero hay que saber siempre que no somos el personaje, para no apegarnos a él y conservar nuestra libertad de expresión. Todos somos actores representándonos a nosotros mismos. Somos buenos actores porque creemos en nuestro personaje hasta el fondo. Como resultado, estamos condicionados por sus rasgos y manías. Bien, pero entonces, ¿de dónde ha salido nuestro personaje? ¿Cómo sabemos que no es el real? Este es el resultado de nuestras interacciones e inclinaciones a lo largo de la vida. Hemos ido optando por unas posibilidades y, con la repetición, hemos llegado a creer que somos esas posibilidades escogidas, sean buenas o malas. Al descubrir este mecanismo, podemos reescribir el guion de nuestro personaje. ¡Qué sublime poder ser como queramos! Pero dentro del paradigma de lo que creemos posible. Resulta que, si nuestra creencia dice que algo no es posible, difícilmente podremos manifestarlo. Aquí la cuestión es que, si siempre creemos ser el personaje, nunca conoceremos al actor. Sin actor no existiria el personaje. Solo la continua adhesión al personaje nos hace ignorar al actor, que es quien realmente existe independientemente de lo que pase. El actor en nosotros es el verdadero ser que escoge qué representar. Quien logra mantener la conciencia del actor —del ser— puede escoger, en cada momento, qué manifestar según le dicta su fuero interno, como lo mejor y más adecuado para cada situación. Aquellos que no logran vivir desde su centro o ser esencial están supeditados a que las circunstancias o los impulsos subconscientes los hagan tambalear y oscilar sin control entre alegría y tristeza, bienestar y malestar, salud y enfermedad, creatividad y aburrimiento. Muchos, para salir de su personaje, toman sustancias psicotrópicas como alcohol, marihuana o cualquier otra cosa. Entonces todo se complica más, ya que al caos habitual se suman los efectos euforizantes o depresivos de esas sustancias, con su legión de efectos secundarios para la psique y el cuerpo. Naturalmente, cuando pasan los efectos, retoman el personaje habitual en peores condiciones y con la idea de que «yo soy así» reforzada. Hay que estar ya un poco, o bastante, hartos de jugar a todo esto y tomar las riendas de nuestro ser. Para ello no podemos hacerlo desde el personaje, sino tomar conciencia de que, en realidad, somos el actor. Y, como tal, decidimos dónde y cómo nos representamos. ¡Qué gran y afortunada responsabilidad! Ya no podemos achacar a nada ni a nadie quiénes somos o cómo actuamos. Es nuestro poder, ejercido ahora conscientemente, el que decide cuándo, cómo y dónde. Somos, hacemos y creamos. Descúbrete, experimenta y este poder será tuyo.