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El buen uso, de uno mismo.

Escuchar más. Hablar menos. Complacerse en el silencio interno, dejando espacio, vaciando lo innecesario.

La mente tiene sus niveles, de lo burdo a lo sublime. Quietud alerta tiende a subir el nivel de la mente. El parloteo interno tiende a bajarlo. La atención al presente es el ancla que evita salir volando por el plano mental sin propósito, abriendo puertas a la especulación, al deseo compulsivo.

No prestamos suficiente atención al ser y al estar, que es donde mejor se expresa la verdad, la existencia. Si estamos en presencia, se abre el corazón, se expanden los sentidos y la mente es inspirada por nuestro espíritu. En ese estado hay serenidad y certeza. Se produce la creatividad y no se pierden energías.

Al contrario: un cuerpo y corazón receptivos toman energía del aire, del entorno, árboles, mar, cielo, suelo, si se está en un entorno natural.

Todo pensamiento tiene una repercusión en nuestro cuerpo energético o emocional. Los hay bastante neutros; otros lo contraen y desgastan, y otros lo elevan y producen éxtasis. Todos sabemos esto en mayor o menor grado de consciencia. Pero pocas veces tomamos el timón para dirigir nuestra atención en la dirección más adecuada.

El plano mental debe usarse con prudencia y conocimiento. Es muy poderoso y requiere un uso plenamente consciente. De otra manera, nos perdemos en el laberinto de las posibilidades, sin rumbo preciso, acabando desgastados y con bajas frecuencias demasiadas veces. Con suerte, solo habremos perdido el tiempo.

Tenemos que conectar de nuevo con nuestro ser interno superior. Esto se logra desde el silencio sereno y el propósito sostenido. Nuestro “yo soy” aprovechará la oportunidad para reconectar todo lo posible y aportar un incremento de consciencia ya palpable e imprescindible actualmente.

Cualquier bloqueo requiere ser afrontado y resuelto. Y cuando surge, es la oportunidad. Desde la intuición recibiremos guía segura en nuestro camino. Posibles emociones dolorosas que nos desvían deben ser traspasadas y resueltas, con aceptación y ligereza. Así, ya no habrá frenos en la reconexión y el amor se podrá manifestar más plena y profundamente. Vivir en amor debe ser nuestra máxima preferencia, para hacer posible que todo en nosotros quede imbuido con su fragancia y poder resolutivo.

La actitud amorosa sostenida nos imprime un impulso hacia su manifestación: una sonrisa, una alegría esperada o contenida, pero siempre estimulante. La inspiración-conexión nos llevará a aquello que se requiere en cada momento. Descubriremos nuevos caminos de expresar y resolver cualquier cuestión. La paz de fondo también nos permite disfrutar del no hacer. La quietud es un bien que abre los sentidos, los hace más sutiles, más abiertos. Dejamos de proyectar desde la mente que juzga y analiza, para empezar a recibir y a percibir con más calidad y profundidad. Es tanto lo que nos rodea, es tanto lo que tenemos dentro. Vayamos más allá, dentro y fuera. Traspasemos el velo de la “normalidad” y busquemos la profundidad.

Cultivar estos estados del ser, lejos de la estimulación constante o la distracción insulsa, nos da acceso a conocimientos y experiencias nuevos. No existe el aburrimiento para quien entra en estos ámbitos de percepción interna o estados del ser elevados. Cuando se requiere acción, la inspiración nos guía y la eficacia se ve incrementada sustancialmente. Una precisa capacidad de enfoque nos permite acceder a información detallada de cualquier aspecto en el que queramos entrar. Esta conexión nos dará, gota a gota o en torrente, las ideas y posibilidades asociadas a nuestro propósito. Es pura magia. Si lo prefieres, asociación de ideas o sincronicidad.

No hay momentos inútiles, ni tarea sin valor: cocinar, limpiar, caminar, trabajar, jugar, hablar, cantar, soñar, cuidar, descansar. Cualquier actividad o inactividad es una oportunidad de ir más allá y experimentar nuevos enfoques o posibilidades, o simplemente complacerse en la ejecución de la tarea, percibiendo cada detalle en su ejecución con la profundidad y atención necesarias para acercarnos a la impecabilidad. Cualquier tarea realizada con esta actitud produce una potente satisfacción plástica, estética, sensorial, mental. También en el trabajo en equipo, las interacciones desde la actitud amorosa producirán alegría y enriquecimiento mutuo entre todos los participantes.

Mucho hay que superar para traspasar las actitudes negativas aprendidas hacia ciertas cosas: “Es tedioso lavar los platos” o “Me aburro, no sé qué hacer”, y mil cosas así. Desde estos nuevos estados del ser, entramos en un nuevo mundo: una comprensión del verdadero valor de cada instante, donde la queja compulsiva no tiene lugar. Ya no nos interesa su rancia actitud, productora de cansancio y desgaste sin sentido. Ya solo buscamos disfrutar con agradecimiento de cualquier cosa que se nos presente o que se requiera. En cualquier interacción podemos aportar algo bueno, sereno, amoroso, incluso inspirador.

Todo son retos llenos de posibilidades. La misma esencia de la existencia está detrás de cada cosa, cada ser, cada acción, cada momento, cada detalle, cada sitio. Nada es ajeno. Nada es nimio. Todo es manifestación, significante y poderosa. El todo está aquí y ahora. Traspasemos las apariencias y vivamos la grandeza del ser, en amor con lo que tenemos delante y lo que tenemos dentro.

Es momento de hacer un buen uso de nosotros mismos, para beneficio propio y de la existencia.

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