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El reflejo.

Este que crees ser no eres tú: es solo un reflejo en el agua de tu verdadero ser.

Esto que piensas no eres tú: es solo un reflejo en el agua de tu verdadero pensar.

Esto que sientes no eres tú: es solo un reflejo en el agua de tu verdadero sentir.

Este cuerpo que tienes no eres tú: es solo un reflejo en el agua de tu verdadero cuerpo.

Los reflejos son un espejismo, una vaga sombra de su origen, de aquello que reflejan.

El reflejo distorsiona una verdad excelsa: tu esencia. Ocasionalmente, en la quietud, es bastante fiel a su origen; pero, con la agitación, se deforma hasta hacer irreconocible su verdad.

Solo vemos el reflejo de nosotros mismos, y de todo y de todos los que nos rodean.

Lo que le ocurra al reflejo no afecta lo más mínimo a su esencia ni a su origen.

Ocasionalmente, un reflejo vuelve a ajustarse a su origen; a eso lo llamamos milagro.

De ahí que sea mejor no dejarnos engañar por las apariencias y actuar conscientes del auténtico Ser.

Estamos en el juego de las formas cambiantes: un juego que permite experimentar sin peligro.

Así que juguemos, procurando reflejar lo más fielmente posible nuestro origen.

Su apariencia de realidad es lo que nos permite experimentarlo como algo definitivo, hasta que descubrimos que solo son apariencias del existir: un simple reflejo de la verdad inabarcable.

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