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Falsos profetas.

Son tiempos turbulentos. Una miríada de estímulos, informaciones, imágenes, explicaciones y posibilidades nos rodean. En el ámbito que desees o te interese, la información es infinita. Y el mundo de la espiritualidad no es diferente. Son muchos, muchísimos, los guías, maestros, educadores, sanadores, facilitadores, preceptores, orientadores, cursillistas, practicantes avanzados, gurús, entendidos, profesores, canalizadores, iluminados, ufólogos, alquimistas, chamanes, espiritistas, líderes espirituales, discípulos avanzados, etcétera, etcétera, que nos ofrecen su saber y conocimiento. Parecen poseer una información que tú no tienes. Por ello les prestamos atención y, posiblemente, creemos que lo que nos dicen es verdad. Muchas veces utilizan palabras incomprensibles en su significado o abstractas en su sentido, ajenas a nuestra vida, que nos dan la sensación de que «no sabemos» y «ellos sí saben». Y aparece una sensación igual de peligrosa: que entonces, una vez asimilada esa información, «sabemos», solo porque la hemos acumulado. Frecuentemente nos seducen con afirmaciones sobre cómo son las cosas, totalmente imposibles de comprobar, casi siempre sin utilidad en nuestra vida. Como saben, nos explican; pero resulta que sus explicaciones no nos llevan a ningún sitio. No nos dan mayor comprensión; al contrario, nos confunden o simplemente nos distraen. Sus enseñanzas e historias no nos resultan útiles. No ayudan a comprender nuestra verdad interior. Al enfocarnos fuera, siempre en aspectos ajenos a nuestra vida, disipamos nuestra atención. Finalmente, acabamos con la decepción de ver que nada cambia realmente en nuestro mundo; que no mejoran nuestras capacidades; que solo podemos repetir, como loros, informaciones que ni siquiera sabemos si son realmente así como dicen ser. No digo que sus explicaciones no contengan ciertas verdades o tengan alguna utilidad en algunos aspectos. Incluso un reloj averiado da la hora correcta dos veces al día. La cuestión es no perder el tiempo ni la energía dando nuestra atención a quien no nos aporta aquello que nos impulsará a superarnos, crecer, descubrir nuestras verdades y ser auténticos, esenciales y realmente nosotros mismos. Nuestra esencia es única. Hay que ser fieles a ella. Solo nosotros podemos ser nosotros mismos. Nunca será fuera donde encontraremos nuestra verdad esencial, ya que está dentro: desde el silencio, con la quietud. Estamos conectados ineludiblemente con el universo, ahora mismo y siempre. Y es allí, en nuestra conexión con el todo, donde encontraremos la fuente de nuestra verdad y conocimiento. En nuestro origen interno está realmente nuestra fuente de vida, amor, energía y comprensión, ajustada perfectamente a nosotros mismos y al todo. Si miramos fuera, si oímos a quienes se supone que saben, que sea para orientarnos mejor en nuestra búsqueda interior. Nuestro ser interno espera pacientemente que nos conectemos a él para ser uno y ver cómo la coherencia y el bienestar surgen de nosotros, momento a momento, día a día, en nuestros actos, con nuestras vivencias. Cuidémonos de los falsos profetas.

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