Interacciones.
Es en la interacción que nos conocemos. Ponemos a prueba nuestro estado. Es en la interacción que experimentamos y descubrimos dónde llegamos. Cuando el otro nos reta con su mundo, nuestro mundo quizás se tambalea o se refuerza. Pero, seguro que sí, se enriquece.
¿Qué ocurre si reprochamos? Si vemos injusticias y reclamamos, ¿quizás nos equivocamos en nuestra valoración o somos demasiado exigentes?
¿Cómo saber si estamos acertados en nuestra interacción? ¿No es el resultado en nosotros mismos un buen indicador? ¿Estoy mejor? ¿He aportado? ¿Es un regalo mi proceder o una carga que hay que digerir?
Toda interacción produce un efecto, y en el resultado veremos lo cierto. Porque en mi mente he creado un paisaje que, al contrastarlo, quizás pierde su apariencia, o se confirma o se desmiente. Pero, ¿por qué defender nuestra visión si causa daño? ¿Realmente es necesario?
¿Ser exigente es lo acertado? ¿O lo somos en lo externo sin haberlo en mí aplicado? O, si lo hemos logrado, ¿exigirlo es lo adecuado? ¿No tendrá él otros ritmos y necesita más tiempo?
¿No es mejor ocuparme de lo que es mi cometido y no mirar lo que hacen los demás, con mayor o menor tino? Si de lo mío me ocupo, quedo en paz y soy activo. Y que el resto viva su desatino, que seguro encuentra su destino.
Mi energía conservo si en mi centro me encuentro. Y en toda interacción, si hay respeto por el otro, yo no pierdo mi puesto y no me quedo roto. No hay desgaste, ni herida, ni me siento mal querida.
¿Que lo mío está bien hecho y el otro no ha cumplido? Vivo yo en paz y así me quedo. Quien no cumple se endeuda, y él sabrá si está en lo cierto o si acabará en quiebra.