Ser amante
Tomo el aire que la naturaleza me regala. Puedo inhalarlo profundamente y sentir su energía en mí, para mi uso y disfrute.
Percibo la luz que todo lo inunda: una miríada de colores por todas partes. Siento su vivacidad y su alegría, que me estimulan y me impulsan.
¡Qué gran regalo son los sonidos del mundo! Trinos, murmullos… silencios. Vivimos en un océano acústico.
¡Cuánto amor incondicional recibimos, manifestándose de mil maneras! Y somos insensibles a su presencia.
¿Cómo podemos ignorarlo? ¿Distraídos? ¿Despistados?
Rayos cósmicos que todo lo atraviesan: así es el amor del universo. Nada se te pide; todo se te da. Ahora y siempre, así es y así será.
De entre tantos dones y regalos, hay uno muy singular. Bien utilizado, nos impulsa y eleva; mal empleado, nos hunde y atormenta.
Normalmente nos distrae de la verdad. Ya sabes de quién hablo: del pensamiento.
Si nos dejamos arrastrar, se convierte en el laberinto de la locura; pero podemos evitarlo.
Hay una cura: el amor incondicional.
Hagamos como la existencia: vivamos desde la inocencia.
Utilicemos el verbo, principio creador, en su único tiempo realmente existente: el presente.
Y digamos desde el corazón, con su fuerza penetrante e infinita:
Yo amo.
Amo el día, el cielo y el sol. Amo la noche y sus estrellas. Amo el mar y las montañas. Amo a los animales. Amo a la madre y al niño. Amo al abuelo y al desconocido. Amo todo y a todos.
Amo porque sí; es mi elección.
Porque aprecio lo que hay, agradezco lo que recibo y amo sin restricciones.
Esa es mi decisión.