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Unión con la vida.

En referencia a cómo vivimos, todo depende de cómo nos sentimos. La creencia de separación respecto a todo y a todos nos mantiene en un estado de inseguridad permanente, tanto porque no confiamos en nosotros mismos como porque no confiamos en el mundo. Tenemos inculcado hasta los huesos lo dura que es la vida, la competencia, la enfermedad, la necesidad de preocuparse. Tenemos que hacer el trabajo inverso: una recalibración de valores y una comprensión más profunda de cómo funciona la existencia.

La separación es parcial; en realidad, somos interdependientes: con el resto de la humanidad y con la naturaleza. Y esta quiere, de forma intencionada, favorecer nuestra existencia, al igual que la de todas las formas de vida. Que nuestra conciencia esté aparentemente separada del resto es para experimentar y decidir dentro de nuestro ámbito de acción. Las condiciones están creadas con benevolencia y no son fruto de la casualidad, sino de la conciencia. El aire que respiramos ha sido acondicionado a la perfección por la vida. Tenemos agua, luz y calor para vivir; las condiciones están moduladas dentro de unos márgenes que nos permiten funcionar, con tal de que nos adaptem o tomemos las medidas adecuadas. También el alimento se prodiga si tomamos algunas acciones oportunas con la naturaleza. Todo esto respecto a la parte que llamamos externa.

Si miramos la parte interna, el funcionamiento de nuestro cuerpo no puede ser más perfecto y autoequilibrado sin nuestra intervención directa: sistema circulatorio, nervioso y linfático. Todos los órganos funcionan en sincronía y por el bien común del conjunto. Trillones de células, bacterias y virus interactúan de forma armónica con el único objetivo de manifestar la vida, en este caso la nuestra. Y no es necesario que nos ocupemos más que de atender los mensajes que nos da de lo que le falta o le pasa: frío o calor, hambre o sed, cansancio y tantos otros.

Si la vida externa en sí es un milagro de coordinación y equilibrio, y la vida interna también, ¿por qué la parte que nos corresponde atender está llena de desequilibrios, miedos, inseguridades, vanidades, errores y comportamientos erróneos? ¿Qué hacemos mal? ¿Dónde está el error de base? Nos encontramos ante un misterio que cada cual afronta a su manera.

Algunas premisas pueden ayudar a alinearnos en las actitudes buenas: No estamos solos. Nunca, en ningún lugar. La vida nos rodea por todas partes. Adopta todas las formas imaginables e inimaginables, de tan amplia que es. No existe nada que no tenga algún tipo de conciencia: minerales, vegetales, elementales, animales, humanos, planetas, estrellas… todo, todo, todo es vivo, de maneras que quizás no entendemos, pero así es.

Si ampliamos nuestra comprensión, también abrimos nuestro mundo a interacciones más grandes y abiertas con la grandeza de todo lo que nos rodea. Esta comprensión ampliada no puede hacer más que provocarnos una admiración profunda por todo lo que es. Eso abre nuestro corazón y nos hace mirar a nuestro alrededor con otros ojos. Ya no nos sentimos solos y separados. Estamos en medio y somos parte de un milagro inmenso: la vida en el planeta y, de hecho, en el universo. De lo más pequeño —átomos, cuásares, fotones, virus, células— a lo más grande —estrellas, galaxias—, todo está coordinado, dirigido y regulado con magnífica perfección para manifestar la vida. Comenzamos a sentirnos grandes porque somos la vida misma en expresión. Ella misma nos ha puesto aquí y nos ha dado todo lo que hacía falta para llegar a este punto. Ahora me siento más seguro y cuidado de lo que creía. Estamos en unión permanente e inseparable con el Todo. Al igual que recibo, aporto todo lo que hace falta. Las situaciones piden acción desinteresada. Esta unión se manifiesta tanto a nivel interno como externo. Desde los ámbitos sutiles de nuestro ser recibimos intuiciones que nos guían en cada momento. Solo hace falta estar atento.

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